La teórica Judith Butler en su texto Cuerpos que importan (1993) articula de manera magistral y también muy técnica cómo se realizan las distinciones de género a través de la performatividad. Según Butler, la repetición de ciertos patrones y conductas ad infinitum generan, posteriormente, la idea de una naturalización. Por ejemplo: "sea señorita"; y los significados adscritos a ciertos colores (como el rosado o el celeste para los bebés). Estas naturalizaciones se asumen como axiomas y normas sociales dentro de lo que se establece lo normal, lo bueno, lo malo y lo degenerado.
Si el texto habla de los cuerpos que importan, evidentemente existe un universo de cuerpos e instancias que no importan. En ese marco, la autora genera el concepto del "receptáculo de lo femenino", es decir, todo aquello que sobra en términos de lo que es normalizado. Si bien el hombre es concreto y racional, la mujer es histérica e irracional. Por lo tanto, si se asumen estas categorizaciones como ciertas y no se cuestionan--como lo hace Butler en su texto--se cae en un juego macabro, especialmente si nosotros decimos ser personas críticas, pues la crítica debe ser lo más abierta y profunda posible (que vaginal mi comentario). Sin embargo, y de manera muy superficial, quedan otros receptáculos posibles. El receptáculo del receptáculo. Pienso, siguiendo a Butler, que por eso es que los movimientos feministas han estado tan cercanos a las reivindicaciones de grupos homosexuales. Porque, convengámoslo, ser feminista no es ser homosexual, y un hombre feminista no tiene por qué serlo tampoco.
Si el mundo concreto y simbólico separa en masculinos y femeninos, dejando la oscuridad, la sombra, el misterio y tantas otras cosas en el receptáculo de lo femenino, es desde allí donde su rebalse trae otros receptáculos, pues devienen de una oposición binaria caprichosa que no admite en sí misma otras posibilidades genéricas ni sexuales. Esto también genera ciertos órdenes prioritarios en la sociedad. El problema es que muchas veces lo simbólico se piensa como de un segundo nivel, o de trastienda, cuando es este el que impone la vara de cómo se aprecian las cosas.
Lo simbólico queda fuera si lo concreto tiene necesidades urgentes y primarias. Por ejemplo, si un grupo de feministas intenta hacer activismo en una grupo de mujeres pobres, o vulnerables como dice el eufemismo. Para estas mujeres pobres, el gran interés primero, pese a comprender de manera inicial que es necesario que intenten independizarse de alguna forma, será tener leche y alimento para sus hijos y que tengan formas de educarlos formalmente, de ser posible. Las feministas, para poder serlo de manera cabal, deben tener muchas necesidades cubiertas, pues desde allí se piensa cuáles son los cuerpos que importan y cómo resolvemos la estructura patriarcal monolítica, falogocéntrica, como dicen tantos textos.
Y en este punto me detengo y hago la conexión entre lo anterior y el título de esta nota. Cuando lo concreto es exacerbado, muchas veces lo simbólico revienta.Si bien todos moriremos algún día, no todas las muertes son iguales. Habiendo diferencias en la vida misma, expresadas en desigualdades de todo orden, la muerte también es distinta. Puedo decir que nunca comulgué con los excesos de "Je suis Charlie Hebdo".
La muerte de los caricaturistas que se mofaron del profeta y la religión musulmana generaron un movimiento extraño. Primero, porque las redes sociales empatizaron con ellos y resultaba que todos eran Charlie. Pero eso es falso. No todos son Charlie. Ellos eran franceses, blancos. Cuando muere un blanco de un país importante, toda la atención se vuelca en el caso, se envían periodistas de todo el mundo a cubrir el vil ataque a estos defensores de la libertad de expresión. Que no se mal entienda: ellos fueron asesinados injustamente. Los líderes del "mundo libre" se juntaron y se tomaron una fotografía todos "juntos como hermanos, miembros de la iglesia" para mostrar unidad. ¿Qué unidad? La unidad de los poderosos, pues si esto ocurre en otro país menos connotado, la noticia dura cinco segundos y al día siguiente nadie los recuerda. ¿Tenemos que recordar a los muertos de Charlie Hebdo? ¿Es malo si los olvidamos tal como a los demás?
Los líderes del mundo no han ido a Kenia a sacarse una foto para conmemorar a los universitarios, que sin hacer ninguna "provocación", fuero asesinados también por islamistas extremos recientemente. Fueron más de 170 jóvenes, hijos, hermanos, alumnos de alguien. Pero esas cosas pasan en África, entonces, los líderes políticos no cooperan con Kenia, porque tampoco es un país connotado como Francia. Porque esas muertes, tales como todas las muertes en guerras y ocupaciones que ocurren todos los días, no importan.
El el edificio Hotel de Ville, la municipalidad de París, aún cuelga un lienzo negro escrito con letras blancas "Je suis Charlie Hebdo". Y lo son, porque tienen cobertura mediática, porque importan. Yo no soy ni seré Charlie Hebdo, porque tal como son las categorizaciones entre hombres y mujeres, también, lamentablemente, las existen por raza y lugar de nacimiento y yo soy más cercana en ese sentido a las muertes de Kenia, a las que no importan.
Nadie podría decir que las vidas de los jóvenes keniatas eran menos importantes que las de los caricaturistas, pues nadie puede juzgar de esa manera. Sin embargo, ese juicio se ha hecho, y por algo que tiene raíces antiguas de distinto orden, Charlie Hebdo importa más que los 170 estudiantes. Me parece que es importante pensar en esto, y luego en el rol vacío de las redes sociales, porque ya ha aparecido "Je suis Kenia", que es fácil decir desde la comodidad de mi hogar, a través de mi MacBook.
En conclusión, lo que nos muestra lo simbólico, es que tal como ocurre en los sexos y consecuentemente en los géneros, y además en las muertes, hay unos que importan más que otros. Debemos, nosotros, quienes vivimos concreta y simbólicamente importando más y menos, acercarnos a una visión más amplia y que en realidad cuestione muchas cosas que se asumen como verdades. Por lo menos así avanzamos, pienso.
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