En mi
estudio sobre el carácter totémico de las banderas (desde Freud, claramente) me
encontré con una canción escalofriante: “Chile eres tú”, himno del régimen de Pinochet, escrita por el otrora
miembro del movimiento surrealista Mandrágora, Braulio Arenas. Un importante
verso de ese tema es “Chile eres tú, Chile es bandera y juventud” en el cual se
establece el centro de la ideología pinochetista, esa de “borrar el pasado”, la
de la metáfora médica de que el país estaba enfermo y necesitaba un
tratamiento. Tratamiento “de shock” como lo expresase alguna vez Milton
Friedman en una carta dirigida al tirano en 1982, mientras el modelo de los
Chicago Boys se imponía con fuerza por esos años.
La mezcla
entre totalizar a la bandera como símbolo, o más lejos, como signo para los de
la semiótica, y la atracción de los jóvenes fue una prioridad para la derecha
en dictadura. Jaime Guzmán mismo tomo esa responsabilidad, a los 27 años, de
estar dentro de los cuales establecerían una nueva constitución. Desde allí, a
través de la FEUC de ese entonces, desarrollaron su proyecto despolitizador, de
carácter monolítico, que era lo que también deseaba el dictador, y lo cito: “que
la juventud chilena día a día vaya formando un solo bloque monolítico”.
La
despolitización comienza con la eliminación de toda forma que haga alegoría al
gobierno de Allende o a las ideas de izquierda. Se blanquearon paredes,
inclusive un mural del gran pintor Matta, se realizaron quemas de libros e,
igual de importante, se impuso la estética del hombre con pelo corto como
símbolo de orden y virtud. El chascas, el crespo, barbudo era demasiado
izquierdoso, hippie y pasado a marihuana como para desear la libertad individual
sin intervención del Estado. El diario El Mercurio fue, evidentemente, cómplice
inclusive en esto, viéndose en diarios de la época como felicitaban a los
buenos jóvenes que se cortaban el cabello en esta nueva moda tan limpia, tan de
un nuevo Chile.
El monolito
despolitizado fue exitoso. Más allá de lo que se imagina. Una vez “devuelta” la
democracia, en los ’90 tenemos la generación del “no estoy ni ahí”. Esa
expresión tan cotidiana encierra en su significación el triunfo de la derecha
dictatorial en el imaginario colectivo. Ese “no estoy ni ahí” es la
despolitización absoluta. Si bien Marcelo “Chino” Ríos se volvió un ícono y un
tenista grandioso, también, se podría decir, era la imagen de aquella frase. Si
Ríos se interesa en la política o “no está ni ahí” con ella no es el punto.
Pero sí que crecimos con la idea de que la política era de esos viejos, que no
era para nosotros, lo que ha provocado una apatía generacional impresionante.
Con esto no
me refiero a que se indique que la política funcione o sea respetable si
consideramos el comportamiento de sus personeros actuales--mal que mal funciona de manera monstruosa con una Constitución mientras la democracia estaba en el exilio y con engendros como el Tribunal Constitucional. No. Pero el interés
en comprender nuestro pasado va por desafiar ese “no estoy ni ahí” pues
finalmente no es que se nos ocurra que no nos interesan ciertas cosas. Se
intentó por muchos medios concientizar e impregnar el consciente colectivo de
la idea de que la política no sirve para nada, que es cosa del pasado, que
miremos al futuro, que que pena lo de los derechos humanos pero el “gobierno
militar” era necesario, que “tenemos lo que merecemos” como gran frase
conformista. Tenemos lo que hay porque “no están ni ahí”. Y sí, va a ser
difícil sacar al país del entuerto en que se encuentra, pero los mismos que
generaron el ambiente de despolitización quisieron que así fuese. Pienso que
quienes “no están ni ahí”, inconscientemente claro, fueron fagocitados por la
supuesta no-ideología de la despolitización, pero forzar la despolitización y
fingir ser “neutral” es lo más ideológico que hay. Pero eso no le gusta a la
derecha y por eso salen con frases del bronce como “queremos hacer grande a
Chile” y tal, porque se supone que la ideología es de izquierdas solamente—pobrecitos,
pero eso lo sabemos al dejar la modorra y que no gane su supuesta no-ideología,
ojo.
Que se vote
por tal o cual—o nadie—es parte de una participación en la que tenemos que
estar, e informarnos debidamente, pues eso es lo que temen los despolitizantes
(no sé si existe esa palabra), porque al tener conciencia, al “estar ahí” es
claro que son ellos los que no tienen sentido.