Leí hoy temprano, temprano: a
las 10.00 AM, que Oscar Pistorius sería nuevamente llevado a juicio y que esta
vez arriesga 15 años de cárcel. Recordé que anteriormente el deportista
sudafricano fue sentenciado por cinco años, de los cuales pasó sólo uno en la
cárcel y los cuatro restantes serían una condena en la comodidad de su hogar—algo
así.
¿Qué hizo Pistorius? No tengo
problemas en recordártelo. Pistorius baleó a su novia. Las circunstancias del
hecho fueron extrañas. Él dijo que pensó que era un intruso en la casa y tomó
su arma y apuntó a la puerta del baño, pues él se encontraba adentro, y luego
de cuatro balazos se dignó a abrir la bendita puerta cuando, ¡oh no! Había baleado
a Reeva, su novia.
La sentencia de cinco años no
dejó conformes a los familiares de Reeva, ni tampoco a quienes veíamos esto con
ojos críticos. Sin embargo, es posible pensar que en su posición de deportista
de elite, Pistorius fue tratado de manera diferente. Es más, Pistorius fue acusado
de tomar clases de actuación para fingir pena, pues siempre se le vio compuesto
en los juicios y esto lo haría ver “inocente”.
Los hechos que quedan frente a
nuestros ojos son claros: Pistorius asesinó a Reeva, en algo que en Chile se
conoce comúnmente como femicidio. En inglés lo acusan, irónicamente, de “manslaughter”,
me pregunto si “womanslaughter” existe o si hay algún otro término, pero en la
prensa se refieren al primero. Tecnicismos más, tecnicismos menos, está claro
que la carrera de Pistorius ha terminado. Nadie va a querer auspiciarlo, y si
llega a ser encarcelado, tendrá libertad muy tarde para retomar su carrera en
el atletismo.
En las Olimpíadas de 2012 en
Londres, Pistorius llamó siempre la atención, porque no sólo participó en las
olimpíadas paralímpicas, sino también en las convencionales. Pistorius salía en los noticiarios, siendo un
ejemplo de lucha, de que un paralímpico puede competir con atletas que tienen
sus extremidades en funcionamiento. Pistorius era “the man”, en ese entonces.
Un año después, se le acusaba de
asesinato. Aquí me quiero detener un tantito en un concepto de la teoría de la
recepción literaria. El famoso “horizonte de expectativas” de Jauss, que creo
puede usarse en una miríada de temas más allá de lo puramente literario. El
texto, en este caso, guía la lectura para que el lector sea capaz de esperar
ciertas cosas de dicho texto. O, dicho de otro modo, lo que el texto ofrece
genera ciertas anticipaciones por parte del lector para pensar cómo sigue o se
constituye tal o cual obra. A esto se le agrega la experiencia de quien está
leyendo y entre expectativas y experiencia, el texto se comienza a armar. Esta
relación dialéctica puede llevarse a otros temas, y creo que en el caso de
Pistorius es posible aplicarla.
En términos del horizonte de
expectativas, la noticia del asesinato claramente quiebra los estándares de lo
que esperamos de alguien como Pistorius, cosa que no ocurre en el caso de un
asesinato cuando quien perpetra el crimen es adicto a las drogas o cuenta con
un historial de fechorías. Pistorius nos vendió una imagen de ciudadano
ejemplar, luchador, que desafiaba al destino. Las expectativas en torno a
Pistorius eran claramente diferentes, y por lo mismo, quizás muchos fueron cautos antes de decir firmemente que
estaba claro que asesinó a su novia.
En segunda instancia, desde una
perspectiva chilena, la experiencia con respecto a nuestra visión de la
discapacidad nos hace pensar que es imposible que un discapacitado se convierta
en asesino, independiente si es del primer mundo o si es deportista. Esto es
porque, a través de los años, se nos ha inculcado, a través de la
performatividad escandalosa de un programa de TV como la Teletón, que los
discapacitados son personas a las cuales tenemos que sentirles lástima y dar dinero
para que “otros” se hagan cargo de ellos. El resto del año, los discapacitados
viven tremendas discriminaciones, no los ayudan a bajar sus sillas en las
estaciones de metro que no tienen ascensor y, claramente, esos empresarios que
evaden impuestos con su filantropía, no los contratan.
Entonces, como se nos ha
enseñado que los discapacitados son luchadores hasta cierto punto, porque
dependen también de la caridad, pensamos que son discapacitados en su totalidad—ojo,
no pienso así, sólo que es el “editorial we”—y que son todos positivos, que
luchan siempre, pero que no son normales bajo ninguna circunstancia. En este
sentido, si somos realistas, el hecho que alguien esté falto de alguna
extremidad no lo hace un imbécil, ni un ángel, ni nada, es una persona como
todos nosotros, pero que por la carencia de algún miembro, es juzgada por esa
falta y esta se entiende como una falta en todo sentido. Este es un error, pues imagino que debe ser
incómodo recibir “sonrisitas” forzadas en el transporte, o comentarios
condescendientes.
El otro punto es lo que se
espera de un deportista en general. Esto ocurre porque existe una idea que
eleva a los deportistas con valores como: la disciplina, el orden, el obedecer
a sus entrenadores, la concentración. Estas cosas también las cumplen los
militares y los miembros de una religión. Pero al deportista se le exige ser perfecto.
Es por eso que todos saltan cuando ven a un futbolista que meses antes aparecía
en un spot publicitario instando a beber leche—qué sano—y luego ese mismo
deportista aparece borracho en alguna revista de farándula. Caen las penas del
infierno como el resto de la sociedad espera tanto de él, no se le admite una caída
al mundo bajo del alcoholismo. Esos juicios me parecen de lo más hipócrita,
pues uno mismo se ha emborrachado en varias ocasiones y porque uno no es
famoso, no es “ordenado ni disciplinado” como un deportista, pasa, es normal y
hasta anecdótico.
Entonces, volviendo a Pistorius,
dejando de lado todos los prejuicios, expectativas y experiencias que moldean
nuestras opiniones, es claro que este señor cometió asesinato y debe ser
juzgado por ello como cualquier hijo de vecino—cosa que jamás sucedería en
Chile, a menos hagamos algo—y debe cumplir su condena como cualquier otro
asesino. Su carrera está arruinada, pero es peor la devastación de la familia
de Reeva, quienes ven cómo el hombre en quienes confiaron estaba cumpliendo condena en su hogar,
entre lujos que pudo adquirir por ser un deportista de elite. Pistorius tiene
que ir a la cárcel, por quince años y no debiésemos hablar de él hasta que sea
liberado de esa condena. “Ah, de veras, el deportista ese que asesinó a su
novia y tomó clases de actuación para fingir pena. Esperemos la familia de
Reeva esté en paz” y luego seguir nuestra conversación dominical.