Tuesday, 26 April 2016

La foto contra mi voluntad en el Starbucks de York



Son las 20.10. Acabo de llegar a la oficina a “trabajar” y me veo envuelta en la escritura de esta nota. Se hace cuando se hace. Se escribe cuando se escribe. La pura y santa verdad. Nada de culpas. Que debiese estar estudiando, leyendo, pensando en tal y cual cosa, en autores, referencias y cosas que genuinamente me interesan, pero que no me puedo concentrar.

Tipeo esto como si fuese el fin del mundo. Probablemente mi semblante es serio y parece que escribe una obra tesística de gran calidad, pero no, es una simple nota para mi folletín esporádico, y bien esporádico y folletín que es.

La nota anterior es con respecto a ciertas rarezas que me han ocurrido en la vida. Y comenté sobre el niño que, de la nada, me pidió un abrazo y yo se lo di. Obviamente. Lo que viene tuvo lugar al sur, en la ciudad de York.

Encontrábame yo vagando por las callejas medievales de York por la tercera vez, pues el pueblo es pequeño y ya conocía todo. Esperaba que mi amiga Fernanda terminase su jornada laboral y aún me quedaba tiempo que matar. Decidí ir a tomar un café a Starbucks (negreros y evasores de impuestos de talla mundial, pero cuando uno no conoce un lugar lo suficiente, uno busca los lugares communes, uno donde uno sabe que no será webeado, pues me equivoqué garrafalmente). Era yo allí. Las mesas estaban llenas, por lo que opté por sentarme en los taburetes que miran por la ventana. Era una mezcla de estar tras una mampara para observar el mundo circundante, mientras yo también podía ser objeto de las miradas de los transeúntes. Jugueteaba yo con mi celular cuando ocurrió lo indescriptible.

Había una serie de personas desde el otro lado del ventanal. Me miraban y me sonreían. Bajé la Mirada por pudor, pensé no me estaban mirando a mí en lo particular y que, quién sabe, tal vez ese Starbucks les parecía de lo más lindo y deseaban admirarlo. Mi estupor fue mayúsculo cuando una señora que formaba parte del grupo, que me atrevo a decir era una familia, entra al negocio, sin ir directamente al mostrador a comprar nada, sino que va directamente al lugar donde yo me encuentro y se para junto a mí, mientras yo, un poco perpleja, veo si hay espacio para que ella se siente (preferentemente en otro lado). Pero ella allí se quedó. Pasaron unos segundos y sus acompañantes sacaron una serie de cámaras, eran unas 4 y procedieron a fotografiarla. Sí, junto a mí. Cuando me di cuenta de aquello intenté mover mi cuerpo (sentado) hacia la izquierda para, efectivamente, no formar parte de fotografía alguna, y es allí cuando sus familiars/amigos/acompañantes se largan a reír, antes solo sonreían.

Miro a la mujer y le digo “sorry” mientras me inclino para alejarme lo más posible de ella y no salir en la foto. Ella me mira a los ojos, me sonríe y me da una palmadita en la espalda. Luego de ello hubo salido de la cafetería para desaparecer con el webonaje que la acompañaba. Eso fue todo.
Me quedé largo rato pensando en lo que significaba un acto tan al azar. Pensé, y luego fue corroborado por otras personas, que quizás les parecí un especímen curioso de humano, tras un vidrio, como en un museo cualquiera, y la señora quería una fotografía con el ejemplar. Luego de divagar más la lógica me sugirió que existe la posibilidad de que yo me parezco demasiado a alguien que todos ellos conocen. Tanto así que mi doppelganger tiene que saber de mi existencia, de que la versión familiar que ellos tienen en alguien muy parecido a mi persona debe sorprenderse ante tanto parecido y esto les pareció de lo más gracioso e increíble, y que yo no tenía poder de decision ante nada, y que, obligatoriamente, iba a salir en una fotografía para que mi doble quedase con un trauma. Claro, para ellos mi reacción es secundaria e irrelevante. Cada cual lidia con sus propios traumas. Lo más probable es que yo aparezca en dichas fotos como alejándome de la señora y con una forzada y tremenda doble pera—doble mentón para quien lea y no sea de Chile. Hay por lo menos 4 versiones de la misma foto. ¿Iré alguna vez a reconocerme en una foto con una mujer desconocida tomada desde afuera de una cafetería en el centro de York, que simboliza que existe otra mujer muy muy parecida a mí? (que para ellos es la original, yo soy la copia, obviamente, todo es perspectiva en este mundo).

Son las 20.28. Ahora te juro que trabajo (mentira). No, de verdad. Voy a hacer algo productivo (supongo).

Monday, 18 April 2016

El Acontecers

Hay varios temas en la palestra, de los cuales quisiera desarrollar algunas ideas. Pero en el vaivén de la contingencia algunos van, otros vienen y así sucesivamente.
Primeramente quisiera referirme a la tragedia que sufren los ecuatorianos tras su terremoto. Cómo no saber nosotros, los chilenos, lo que se siente. Los japoneses no lo han pasado bien tampoco, pero pareciese que están mejor preparados tecnológicamente. En lo particular, siento aún un gran apego con ese país, Ecuador, ya que lo conocí bastante hace casi diez años atrás y me maravillé con su naturaleza en la costa, la sierra y la selva, y pude encariñarme con su gente, tan amable. Espero que pasen pronto sus tribulaciones, y tal como todo el resto de países que sufren estas tragedias, puedan levantarse con dignidad y colaboración interna y desde otras naciones de la región latinoamericana. Uno se define desde donde proviene. En el microcosmos de la familia, en la sociedad nacional, en una región de países que componen también nuestra identidad.

Por sobre todo, somos latinoamericanos, de una tierra activa no solo tectónicamente, sino de una tierra dinámica en lo político y con una fuerza social y de trabajo asombrosa. Enhorabuena que en el Perú los pensionados podrán terminar con el robo de las empresas privadas de pensión y retirar más del 95% del capital acumulado (entretanto más perdido que ganado en los vaivenes del mercado). Esta medida es un ejemplo para entender que la desregulación y el desmantelamiento del Estado son circunstancias que no pueden ser mantenidas en el tiempo. Eso se tiene que aprender del país vecino. No quiero ni siquiera pensar en mis papás o en mi misma cuando sea vieja y tenga que retirarme de un Sistema de pensiones tan injusto y chupasangre como es la actual AFP. De seguro un número no menor de economistas sociales, con sus PhDs terminados, podrán ser capaces de desarrollar un Sistema que se condiga con las necesidades de las personas, su capacidad de ahorro y los costos de vida. El Estado debe jugar un rol más activo en un montón de aristas que se considerarían a la hora de planificar una salida a las AFP, que, por su inicio no tienen ninguna buena vibra. Sistema impuesto a través de un régimen que callaba a la gente a balazos. Ojalá se llegue, y pronto, a una iniciativa alternativa a lo que existe, o directamente copiar el ejemplo peruano—ay como les duele a los que creen que somos jaguares.

Como opinión general, sin tener los detalles  de la circunstancia, pienso que es peligroso lo que ocurre en Brasil. Más allá de mi opinión sobre Dilma. De hecho no conozco mucho sobre la política brasileña más que algún par de titulares, que deben ser dirigidos de alguna forma para imprimir una opinión ajena en mi cerebro. Dejando todo ello de lado me voy a lo simbólico. ¿No es lo que ocurre una señal del fin de la democracia tal como la conocemos? Es cierto, la corrupción debe perseguirse, pero de seguro no es solo la presidenta. Pero a ella hay que crucificarla, que haya escándalo. Insisto, no sé los detalles, pero me da la idea de un circo romano y que la voluntad popular que la eligió no vale nada, pues es el senado que quiere echarla. Bueno, los poderes del estado se supone operan separados, para casos como estos. Pero me llama mucho la atención este momento, esta coyuntura, pues es una señal terrorífica: se puede anular/echar a un presidente. Como no sé detalles, ignoro cuánto tiempo más Dilma estaría en el poder, y sí, efectivamente se vio muy feo cuando quiso dar un ministerio a su patriarca, Lula, mientras era investigado. Feo. Pero la organización de la elite política (y económica) para sacarla es algo macabra. Otros genios podrían pensar en tomar medidas parecidas si las autoridades no hacen lo que ellos quieren. Eso suena como una sugerencia muy cercana, como la compra de voluntades políticas a través de boletas falsas. Simbólicamente, si se logra sacar a Dilma, muere la democracia por estos lares del mundo. Esa es mi opinión e, insisto, no tengo los detalles, no los sé, pero así es como lo veo hoy en día.

Con respecto al tema del momento: las inundaciones. Queda claro que el empresariado no tiene ningún interés en salvaguardar el bien común, porque cualquier cosa colectiva es rechazada. Lo colectivo no cabe en la mente del neoliberal, pues todo es “emprendimiento individual” y si quedan cadáveres en el camino, son gajes del oficio. Que la empresa involucrada en una nueva autopista para los ricos no hiciera caso a las recomendaciones del gobierno, deja en claro que no asumen a las autoridades como tales y que desean actuar a como les dicte su conciencia, no la ley, ni siquiera el sentido común. Mi reflexión es la siguiente: es tal la autoridad del empresariado sobre el gobierno que este último “sugiere” precauciones frente al mal clima, en vez de “exigirlas”. El intendente Orrego se lava las manos diciendo “les avisamos”, pero eso no es suficiente. Es lo que pasa cuando la institucionalidad del Estado pesa menos que la voluntad del empresariado. Eso tiene que empezar a cambiar. El otro tema es aguas andinas y otras empresas de agua. Hacen lo imposible por reventarte las webas cuando te atrasas un día en pagarles, pero no invierten en planes de contingencia mínimos para asegurarle, a sus clientes, un servicio de calidad como se supone que es lo que la gente está pagando. Se supondría que el mercado aseguraría niveles de calidad en los productos, incluso que el agua es un bien de consumo, privado—cosa que nadie entiende, pues no debiese ser así, gracias Pinoshit y ConcertaSound—por lo que bajo ese prisma quienes consumen esa agua no son sujetos ni ciudadanos sino CLIENTES, consumidores que debiesen, por lo menos, ser indemnizados. En estos momentos otros emprendedores como le gustaba decir a Piraña—una palabra que detesto con mi alma—pasan pellejerías porque otros emprendedores más grandes (esos que se jactan de dar “trabajo”) no hicieron lo mínimo que tenían que hacer porque, básicamente, no les interesa ni tienen la mínima intención. Lo mismo va para Alto Maipo, de lo que no me referiré. Ni tampoco del “emprendedor” Paulmann, con sus wellington, sacando el agua de su jumbito fálico porque quería el lugar “tikitaka” para abrir sus puertas al consumir desmesurado de agua embotellada de Luksic y porque me imagino que alguno de sus trabajadores periféricos perdió su casa en las inundaciones pero tenía que quedarse secando el supermercado, porque sino le descontaban el día (me lo imagino bien patentemente, como las “giftcard” post-terremotos y post-incendios).

Finalmente, con algo de alegría—y de desconfianza porque, bueno, hablamos de Chile—comienza este Proceso Constituyente del que todos podemos hacernos parte. Sería lindo tener una mesa de conversación en Edimburgo, poder plasmar nuestros deseos de mejorar nuestro Chile, y para ello una nueva carta magna es fundamental. Sin miedos, por lo menos se ha instalado de manera definitiva que la Constitución del 80 no es modificable, sino que tiene que ser derogada y, en su lugar, tener una que nos defienda como ciudadanos, en nuestras diversidades, culturas y necesidades. Que Chile ofrezca espacios para todas y todos, sin importar su renta, su raza y que el estado salvaguarde nuestros derechos, teniendo claras nuestras responsabilidades como ciudadanos. Es nuestra responsabilidad, empero, participar y tener conciencia de la necesidad de un proyecto COLECTIVO, porque esa palabra falta en nuestro vocabulario. Y colectivo no significa de izquierda necesariamente, sino en que miramos más allá de nosotros mismos, porque el país somos todos y no puede ser que nos siga rigiendo una carta nacional escrita durante el exilio de nuestra democracia. Basta.

PD: Pienso que la selfie de Boric no era de oportunismo. Que el resto de los honorables muestren cómo ayudaban al ciudadano común, si alguien los vio, ya que como no se toman selfies no “figuran” entonces deben haber muchas personas que recibieron ayuda oportuna de ellos.

Monday, 11 April 2016

Para el Anecdotario

La semana pasada me ocurrió algo dentro de lo azaroso. Una cosa de esas en las que mis amigos me dicen "eso te pasa a ti nomás"... Si bien no fue como, por ejemplo, ganar un concurso de gritos de un programa de un canal de cable (cuyo premio nunca pude gozar y de lo que me enteré sin haber tenido idea siquiera cuando fui grabada gritando), ni ganar un equipo de música en una rifa que no participé (imaginad mi sorpresa al recibir una llamada donde tenía que dar mi dirección para recibir dicho premio, que disfruté hasta antes de venirme a Escocia) y un montón de otras que no puedo recordar en este momento, pero caracterizan mi existencia.

Todos estos gestos azarosos se anotan en un cuaderno imaginario llamado El Anecdotario. Aunque quizás me convendría tener uno real, porque al parecer son cosas bastante chistosas para otras personas. Quizás tengan potencial de cuento y qué se yo. En fin, esta semana pasada me ocurrió algo que entra a los anales de la anécdota de mi vida. Por primera vez, empero, incluye a un infante.

Comenzemos ab ovo: Hace tiempo que quería ir al gimnasio a una clase de Hydrospin. Es igual al spinning pero bajo el agua. Mis ojos no podían creer tanta tecnología deportiva, cuando el fondo de la piscina se movía y se vaciaba de agua hasta quedar en el nivel de la superficie. Allí los ayudantes del gimnasio ponían las bicicletas en las que haríamos tanto ejercicio y que terminaría en nuestros sudores mezclados con el agua clorificada (porque yo sudo mucho, así que si soy yo más otros, un rico caldo de transpiración bien salada). Luego de ello suena una alarma y la piscina vuelve a llenarse de agua, el fondo bajando centímetro a centímetro y veo como las bicicletas bajan dignamente y quedan sumergidas a 1.25 metros. Luego comienza la clase.

No quiero entrar en detalles sobre dicha clase para no aburrirlos, pero fue un buen momento de ejercicio que liberó muchas endorfinas. ¿Cómo lo supe? Posterior a la ducha y en camino a casa de mi amiga Clara para ir a por cervezas con nuestro grupo de amigos de la oficina (actividad sagrada de los miércoles sólo interrumpida por momentos de estrés o viajes), iba yo muy contenta y sonriente. Sonriente, cosa rara en este país de reacciones pasivo-agresivas, y también tal vez en mi persona, porque por lo general soy bastante Radiohead para mis cosas. Pero gozaba las endorfinas y cruzaba el gran y hermoso parque de los Meadows en camino a la casa de mi amiga Clara.

Me había puesto a pensar qué le diría a la gente si les dijese lo primero que me pasa por la cabeza. Dado mi estado de sopor endocrinal y felicidad inducida por la actividad física, pensaba en decirles cosas positivas. Como por ejemplo, al tipo que caminaba rápido y con pasos certeros: "Señor, usted da pasos muy largos, me parece muy bien, siga así" Evidentemente con mi metro sesenta yo jamás habría podido seguirle el paso pero se veía muy seguro en su actividad. Luego de él seguí tal vez sonriendo como  "caminante no hay camino, se hace camino al andar" aunque yo seguía un camino bien delimitado y tenía bien claro donde iba, pero había un aire hippie en todo lo que hacía, dada la suspensión de mi actitud crítica permanente. Iba como aceptando la realidad y sonriéndole.

En un momento de la caminata, a un par de metros de donde salgo del camino delimitado y cruzo una calle para volver a la urbe de Edimburgo, se me acerca un niño, de unos once años (soy pésima con la edad de los críos, pero según yo tenía once) y me dice "Disculpe", el niño usaba frenos, era bien moreno e iba junto a un montón de mocosos de su edad, vistiendo uniforme escolar. "Sí", le respondí. "¿Puedes darme un abrazo?" pregunta el mocito. Yo, entre que estaba drogada de gimnasio y ante la extrañeza le dije, "Perdón, ¿qué?". El niño insiste: "¿Puedes darme un abrazo?, tú sabes! y gesticula un abrazo en el aire. Le dije que sí, claro. Así que me acerqué a abrazarlo por unos 5 segundos. Me aseguré que fuese un abrazo de verdad, bien apretado. Las niñitas que se encontraban por ahí hacian sonidos alusivos a lo tierno del escenario y decían: "ohh, que lindo". Dejé de abrazarlo y continué mi camino, con una nueva sonrisa. Con una nueva historia para mi anecdotario.

Pienso, más racionalmente, que los chicos estaban jugando "verdad o traversura" y que este pequeño desafió al grupo a que conseguía un abrazo al azar. Y azarosamente fue conmigo, que tengo un historial de azarosidades (no sé si existe esa palabra, sino la he inventado) y quizás todo se debió a la inyección de endorfinas de la clase de Hydrospin.

Pasa por la comisión y se timbra como historia válida del anecdotario personal, folio 2016. Chao.