Son las 20.10. Acabo de llegar a la oficina a “trabajar” y
me veo envuelta en la escritura de esta nota. Se hace cuando se hace. Se
escribe cuando se escribe. La pura y santa verdad. Nada de culpas. Que debiese
estar estudiando, leyendo, pensando en tal y cual cosa, en autores, referencias
y cosas que genuinamente me interesan, pero que no me puedo concentrar.
Tipeo esto como si fuese el fin del mundo. Probablemente mi
semblante es serio y parece que escribe una obra tesística de gran calidad,
pero no, es una simple nota para mi folletín esporádico, y bien esporádico y
folletín que es.
La nota anterior es con respecto a ciertas rarezas que me
han ocurrido en la vida. Y comenté sobre el niño que, de la nada, me pidió un
abrazo y yo se lo di. Obviamente. Lo que viene tuvo lugar al sur, en la ciudad
de York.
Encontrábame yo vagando por las callejas medievales de York
por la tercera vez, pues el pueblo es pequeño y ya conocía todo. Esperaba que
mi amiga Fernanda terminase su jornada laboral y aún me quedaba tiempo que
matar. Decidí ir a tomar un café a Starbucks (negreros y evasores de impuestos
de talla mundial, pero cuando uno no conoce un lugar lo suficiente, uno busca
los lugares communes, uno donde uno sabe que no será webeado, pues me equivoqué
garrafalmente). Era yo allí. Las mesas estaban llenas, por lo que opté por
sentarme en los taburetes que miran por la ventana. Era una mezcla de estar
tras una mampara para observar el mundo circundante, mientras yo también podía
ser objeto de las miradas de los transeúntes. Jugueteaba yo con mi celular
cuando ocurrió lo indescriptible.
Había una serie de personas desde el otro lado del ventanal.
Me miraban y me sonreían. Bajé la Mirada por pudor, pensé no me estaban mirando
a mí en lo particular y que, quién sabe, tal vez ese Starbucks les parecía de
lo más lindo y deseaban admirarlo. Mi estupor fue mayúsculo cuando una señora
que formaba parte del grupo, que me atrevo a decir era una familia, entra al
negocio, sin ir directamente al mostrador a comprar nada, sino que va
directamente al lugar donde yo me encuentro y se para junto a mí, mientras yo,
un poco perpleja, veo si hay espacio para que ella se siente (preferentemente
en otro lado). Pero ella allí se quedó. Pasaron unos segundos y sus
acompañantes sacaron una serie de cámaras, eran unas 4 y procedieron a fotografiarla.
Sí, junto a mí. Cuando me di cuenta de aquello intenté mover mi cuerpo
(sentado) hacia la izquierda para, efectivamente, no formar parte de fotografía
alguna, y es allí cuando sus familiars/amigos/acompañantes se largan a reír,
antes solo sonreían.
Miro a la mujer y le digo “sorry” mientras me inclino para
alejarme lo más posible de ella y no salir en la foto. Ella me mira a los ojos,
me sonríe y me da una palmadita en la espalda. Luego de ello hubo salido de la cafetería
para desaparecer con el webonaje que la acompañaba. Eso fue todo.
Me quedé largo rato pensando en lo que significaba un acto
tan al azar. Pensé, y luego fue corroborado por otras personas, que quizás les
parecí un especímen curioso de humano, tras un vidrio, como en un museo
cualquiera, y la señora quería una fotografía con el ejemplar. Luego de divagar
más la lógica me sugirió que existe la posibilidad de que yo me parezco
demasiado a alguien que todos ellos conocen. Tanto así que mi doppelganger
tiene que saber de mi existencia, de que la versión familiar que ellos tienen
en alguien muy parecido a mi persona debe sorprenderse ante tanto parecido y
esto les pareció de lo más gracioso e increíble, y que yo no tenía poder de decision
ante nada, y que, obligatoriamente, iba a salir en una fotografía para que mi
doble quedase con un trauma. Claro, para ellos mi reacción es secundaria e
irrelevante. Cada cual lidia con sus propios traumas. Lo más probable es que yo
aparezca en dichas fotos como alejándome de la señora y con una forzada y
tremenda doble pera—doble mentón para quien lea y no sea de Chile. Hay por lo
menos 4 versiones de la misma foto. ¿Iré alguna vez a reconocerme en una foto
con una mujer desconocida tomada desde afuera de una cafetería en el centro de
York, que simboliza que existe otra mujer muy muy parecida a mí? (que para
ellos es la original, yo soy la copia, obviamente, todo es perspectiva en este
mundo).
Son las 20.28. Ahora te juro que trabajo (mentira). No, de verdad. Voy a hacer algo productivo (supongo).