Di mi primera clase en una institución de educación superior hace diez años. Lo recuerdo bastante bien, era en un Instituto Profesional. Las clases eran de inglés oral para estudiantes de pedagogía en lengua inglesa. El edificio estaba en pleno centro cívico de Santiago. El salón tenía ventanas hacia el oriente, con vistas al Cerro Santa Lucía, que se lucía con todo su esplendor y verdor entre la que llaman “jungla de cemento” que es la capital de Chile. Nadie podría haber presagiado que a 10 años de aquello iba a encontrarme al otro lado del mundo, en un auditorio con más de cien estudiantes, dictando una cátedra sobre latinoamérica.
El camino de la enseñanza es duro, pero tiene lindas recompensas. Es cierto que el mundo se ha vuelto un lugar hostil (o qué se yo, quizás siempre lo ha sido) y que la competencia por plazas es feroz, en todo orden de niveles educativos y de disciplinas. Si continuamos con una baja natalidad, habrá más profesores que estudiantes. Fue en el instituto donde comencé mi carrera que me enfrenté a una realidad diferente a lo que viví en mi propio proceso como estudiante: tuve varios alumnos de avanzada edad. Este es un fenómeno interesante. En general te puedes encontrar de todo en una sala de clases, incluso tuve a un cura de alumno. A veces, por temas de espacio, lo hacía trabajar con el marxista anti-cristianos. Lograban realizar sus actividades, eran de lengua inglesa, no de ideología, política, ni religión.
Durante estos 10 años también he visto culebrones amorosos, en la sala de clases y fuera de ella. He visto, también, cosas menos agradables y bastante preocupantes, como personas con altos niveles de inseguridad y tendencias depresivas. Cuesta mucho ayudarles si no existe la infraestructura o si no hay una cultura del diálogo. Esto lo encuentras tanto en estudiantes como en colegas, y es muy duro y triste observar cómo una enfermedad silenciosa, pero brutal se toma las mentes de grandes personas como si fuesen sus rehenes. ¿Cómo se les rescata si no existe la carta escrita con recortes exigiendo una suma de dinero a cambio de devolvernoslo/a?
En estos 10 años, tampoco he tenido acceso a lo que ahora ya es un privilegio de pocos: el contrato indefinido. A veces pienso que nunca voy a tener uno y me entristezco y pienso si valió la pena pasar 12 años por la universidad. Si volviese a nacer, haría exactamente lo mismo. Porque creo que esto es lo que hago mejor. Sí, están las famosas ‘transferable skills’ que muchos podemos llevarnos a la industria, lo que sea eso signifique, pero prefiero lo que estoy haciendo a cualquier otra cosa. Incluyendo el drama, los culebrones, las habladurías y las confusiones diarias. Porque parece que así es el gremio, que así es ‘el estado de la cuestión’. No sé si la sociedad es un reflejo de las instituciones educativas, o si es al revés, las instituciones educativas son un reflejo de la sociedad. Pero, ya sea un Instituto, una universidad escondida en una comuna de Santiago, o una gran institución de reputación mundial: en todos lados se cuecen habas, como dice mi amigo Marcelo. Y yo pienso que estamos como estamos porque, efectivamente, las instituciones y todo lo que les rodea está en crisis, y esto es como un dominó rally.
He trabajado en lugares que nunca he puesto en mi CV, he trabajado en lugares que me enorgullece tener en mi CV. Creo que más de mil quinientos alumnos han pasado por mis aulas. Es mucha gente, y van sumando cada semestre. Creo que la labor educativa es de tal importancia que no podemos decaer por el espiral de todo lo que al parecer nos obstruye ser buenos o excelentes. Educar es ayudar. De una forma u otra. No tengo idea si los 1500 a quienes he enseñado algo me recuerdan. Yo no podría decir que les recuerdo a todos, pero a muchos sí. Quizás no pueda discernir qué año, qué curso. Pero recuerdo muchas cosas. Algo que he aprendido y seguiré aprendiendo, obviamente, es nunca subestimar el poder de la creatividad de los estudiantes. Siempre nos pueden seguir sorprendiendo. El problema es que hay pocas oportunidades para desarrollar la creatividad y esta me parece la clave para expresarnos y aprender cosas que pueden ser vitales para el futuro en general. El afán de educar para “el mundo del trabajo” castra las mentes. La necesidad de ser siempre instrumentales más que analíticos mata las ideas. Aunque esto quizás es una agenda política. La simulación del estudio crítico, cuando quedas con tus alas cortadas, o como un árbol recién podado que pierde sus brotes en una helada sorpresiva en primavera. Hablemos todos español sin saber que las democracias modernas están en crisis. Que ninguna lengua por sí sola nos salva de la hecatombe, pero la reflexión crítica basada en estudios de la cultura quizás sí.
En enero di mi primera cátedra en un auditorio. Me había inscrito para hacer algo similar el semestre pasado, pero era distinto. Esto era sobre latinoamérica, en español, donde accedí a tener mi clase grabada en vídeo. Estaba nerviosa, con miedo de cometer un error y quedase grabado para la posteridad en ese material audiovisual. Me preguntaba si mi acento era ininteligible. Quienes me conocen saben que uso un acento falso, que no puedo hablar en chileno puro, porque hay cero posibilidad de entendimiento. Si bien sueno chilena, creo, pronuncio todos los segmentos que nuestra variante floja se niega a realizar. El otro desafío era llenar esos 50 minutos y que no me faltase ni me sobrase tiempo. He ahí el gran dilema. La noche anterior a esa clase no pude dormir por los nervios. Una vez en el auditorio, los estudiantes comenzaban a llegar en gotas, gotas, hasta los borbotones que entraban intentando ser silenciosos una vez que el sistema había comenzado a grabar mi performance. El otro punto era que, como era en vídeo, no quería ser de esos que leen la cátedra desde sus diapositivas, o leen un papel y no miran nunca a su audiencia. No puedes criticar a otros si tú haces lo mismo. Y no lo hice. Al final del ciclo, realicé 4 cátedras en español sobre Cuba y su literatura, sin leer, y pasé el pánico de verme en vídeo. Si bien eso de grabarse es medio raro: no es que voy a escribir un paper de esos temas, esto protege en cierta manera al profesor pues hay evidencia de todo el material visto en clases. En ese marco, no se espera que haya grandes problemas con las evaluaciones, porque se puede repasar con esos vídeos. Según el sistema, se cuentan más de 200 visionados de una de mis clases. Es bastante revelador. ¿Lo haría de nuevo? Sí, qué tanto, si ya lo hice una vez. De principio quería solo grabar la voz sobre el desarrollo de las diapos, pero luego me dijeron que era con vídeo mío hablando. Y ahí vinieron los otros pensamientos, ridículos, por cierto: que cómo me voy a ver, que qué ángulo, que si hablo y me veo a mí misma en la pantalla, que si me distraigo. Al final se ignora todo y se sigue como si nada.
Creo que siempre voy a estar un poco nerviosa ante una presentación masiva, como una cátedra. Pero el mayor temor ya pasó. Ahora puedo pensar en qué otras cosas tengo que aprender para mi práctica docente. Porque nosotros nunca dejamos de ser estudiantes, también tenemos una sed insaciable de conocimiento y crecimiento, seguir cultivándonos. Quizás ahora de otra manera, con diferentes modos de comprender el avance, pero siguiendo. Como muchos de mis mentores, en distintas universidades, siguen desarrollándose, aprendiendo, porque esto es una carrera que fluye y necesitamos herramientas nuevas permanentemente.
Han sido 10 años muy interesantes. Reafirmo mi interés y compromiso con la educación. Y, lo que no es menor en el gremio, me gusta dar clases.