Yo conocía
a una que se equivocaba siempre. Y no paraba de equivocarse. Creo que aún sólo
se equivoca. En esos oasis de tranquilidad, su conciencia sabe que debe ir a
por el error. Se equivoca por omisión y por decisión. Depende de las
circunstancias. Pienso que se equivoca porque no conoce otra forma de vivir la
vida. Cuando llega al límite se equivoca de sus equivocaciones. Ahí se enoja y
le vienen las pataletas. Se queja por tres años. Se le pasa. Vuelve a
equivocarse. El error es su forma de vida. En un instante donde puede cambiar
todo, donde la posibilidad de instalar la decisión menos mala se asoma,
adivinen, se equivoca. No es que meta la pata. Es que se tira de cabeza al
barro, cuando siempre hubo un lugar seco y limpio por donde pasar. Debe ser que
se equivoca para llamar la atención. No entiende que se equivoca. Ahí está el
problema, a veces cree que lo hace regio… equivocándose. Se ha equivocado
pensando que sus errores son una suerte de feminismo, de liberación. Se ha
equivocado en entender el feminismo y sus gritos son inaudibles, pues sus
enojos no tienen audiencia. Un día se equivocó conmigo. Yo ya sabía de sus equivocaciones, pero otra cosa es estar envuelta en ellas. Por eso sé que se
equivoca tanto. Y lo único que tengo claro es que sigue haciéndolo. No tengo
pruebas, pero lo sé. Antes me daba pena, otras veces rabia. Ya no me importa.
Sus errores tocan otras vidas, otros caminos, otras latitudes. Supongo debe ser
una patología, una adicción al error. Un hedonismo sin límites de su parte. De
a poco las luces se cierran a su alrededor. La habitación se oscurece. No hay
ruido ni testigos. Y ahí llora, de
verdad. ¿Cometerá el error de ver esta nota?
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