Friday, 30 March 2018

Último día: nadie se enoja

Hoy ha sido mi último día como día como tutora en la Universidad de Edimburgo. Mi último día allí como estudiante y docente a la vez. No me di cuenta de aquello hasta pasado el mediodía y, afortunadamente, pude compartir este hecho--a modo de curiosidad--con mis alumnos de la clase de Literatura hispánica de segundo año.

Pienso en que todo esto implica un cierte y el fin de un ciclo que ha tomado cuatro largos, hermosos y extraños años. No me arrepiento de haber hecho lo que he hecho, ni de las decisiones que he tomado, ni nada por el estilo, pero el prospecto del fin de una etapa tremenda se ve algo surrealista. Aún no me convenzo, para empezar, que ya he terminado de escribir mi tesis y que estas próximas 8 semanas las pasaré arreglando mis capítulos para finalmente entregarla a fines de mayo.

No queda absolutamente nada. Siento que vivo de los descuentos del tiempo. Como una flor cuyos pétalos caen lentamente, y esta no se entera que ya su tiempo ha terminado.

He aprendido mucho en estos años, de amor, de amistad, de ética, de la profesión, de ser bueno en lo que uno hace, pero no tan bueno a veces porque no vale la pena sobreexigirse. Esto no es una apología a la mediocridad. Por el contrario, simplemente una reflexión.

Siento que soy otra. Me he sentido así desde hace cerca de seis meses. Siento que he cambiado. En esencia, obvio, soy la misma, pero me percibo más grande, más madura, más experimentada, con mucha más confianza en mis capacidades y en quién soy. Bueno, quizás eso es lo que cualquiera esperaría de los estudios doctorales, pero me consta que no es así para todo el mundo. En ese marco, me siento bastante privilegiada. Esta experiencia ha sido valiosísima, no solo por el desarrollo de una tesis, sino por la calidad de los seres humanos que me han acompañado durante esta travesía por el mundo de las ideas. Amigos que como botecitos van y vienen, otros son como puertos donde uno llega brevemente y luego parte a otras aguas. Pero todo es parte del mismo océano, en la misma tierra, en rutas ya conocidas. Pues ese es el crecimiento, ir viendo rutas, conocerlas, saber que si tomas tal o cual te encuentras con algunas corrientes adversas. O que, detrás de algunos roqueríos, vive un monstruo marino. Te encuentras con naves naufragadas, restos de proas, velas y alientos de cartas de navegación. Porque la vida es un naufragio. Así llegamos a esta tierra, desde las aguas que nos contienen en las entrañas de nuestras madres. Y, así, de sopetón, aprendemos a caminar, imitamos a los que hablan alrededor y tenemos luego la capacidad de usar el lenguaje. Eso es lo mismo que ocurre en la carrera doctoral.

Partes con pasos tambaleantes, luego ya de paso firme para terminar corriendo por vallas sin caer. ¿Hacia dónde corremos? No te podría decir. ¿Por qué corremos? Porque estamos locos. Porque somos obsesivos, porque no puedes hacer esto sin una dosis de extrañeza.

En este último día de clases sentí una nostalgia grande. Que cuando empecé estaba de la mano de Clara, las dos, intentando comprender cómo hacer que los chicos leyeran textos áridos sobre la Guerra Civil española. Entre medio nos juntábamos a comer nachos y ver películas que  por lo general no nos hacían ninguna gracia, para ir a ver a nuestros estudiantes presentando sus temas y formulando preguntas inteligentes. ¡Que un par de veces recité a Góngora, que me gusta leer la poesía en voz alta! ¿No es esa la misma definición de vocación? Tomar algo y hacerlo tuyo, para luego entregarlo y esperar que quienes te escuchen lo tomen y hagan algo con él. Si no es Góngora, es Guillén o Garcilaso. Son todos con la G. Con la G de Grande. Y yo que pensé que jamás me sentiría cómoda con los viejos estandartes de la poesía y luego de unos años los sentía cercanos, amigables y hasta divertidos.

¡Cómo cambia la vida!, ¡cómo aprendemos! Y eso es lo más hermoso, porque al abrir la mente a la experiencia no tenemos límites en nuestras posibilidades de entender y empatizar. Y esto es lo que necesitamos. En este mundo egoísta, monolingüe, monotemático, monolítico lleno de monos que ven en monocromo. La poesía, el arte te dan color, te muestran un prisma para mirar tantas cosas y de tantas maneras. Esto es lo que he aprendido. De los estudios, de mis estudiantes, de mis amigos, de mi universidad. Y es cierto, no es perfecto. Pero ha sido lindo y lo vivo como una experiencia bella que se quedará conmigo hasta la posteridad.

No comments:

Post a Comment