La semana pasada me ocurrió algo dentro de lo azaroso. Una cosa de esas en las que mis amigos me dicen "eso te pasa a ti nomás"... Si bien no fue como, por ejemplo, ganar un concurso de gritos de un programa de un canal de cable (cuyo premio nunca pude gozar y de lo que me enteré sin haber tenido idea siquiera cuando fui grabada gritando), ni ganar un equipo de música en una rifa que no participé (imaginad mi sorpresa al recibir una llamada donde tenía que dar mi dirección para recibir dicho premio, que disfruté hasta antes de venirme a Escocia) y un montón de otras que no puedo recordar en este momento, pero caracterizan mi existencia.
Todos estos gestos azarosos se anotan en un cuaderno imaginario llamado El Anecdotario. Aunque quizás me convendría tener uno real, porque al parecer son cosas bastante chistosas para otras personas. Quizás tengan potencial de cuento y qué se yo. En fin, esta semana pasada me ocurrió algo que entra a los anales de la anécdota de mi vida. Por primera vez, empero, incluye a un infante.
Comenzemos ab ovo: Hace tiempo que quería ir al gimnasio a una clase de Hydrospin. Es igual al spinning pero bajo el agua. Mis ojos no podían creer tanta tecnología deportiva, cuando el fondo de la piscina se movía y se vaciaba de agua hasta quedar en el nivel de la superficie. Allí los ayudantes del gimnasio ponían las bicicletas en las que haríamos tanto ejercicio y que terminaría en nuestros sudores mezclados con el agua clorificada (porque yo sudo mucho, así que si soy yo más otros, un rico caldo de transpiración bien salada). Luego de ello suena una alarma y la piscina vuelve a llenarse de agua, el fondo bajando centímetro a centímetro y veo como las bicicletas bajan dignamente y quedan sumergidas a 1.25 metros. Luego comienza la clase.
No quiero entrar en detalles sobre dicha clase para no aburrirlos, pero fue un buen momento de ejercicio que liberó muchas endorfinas. ¿Cómo lo supe? Posterior a la ducha y en camino a casa de mi amiga Clara para ir a por cervezas con nuestro grupo de amigos de la oficina (actividad sagrada de los miércoles sólo interrumpida por momentos de estrés o viajes), iba yo muy contenta y sonriente. Sonriente, cosa rara en este país de reacciones pasivo-agresivas, y también tal vez en mi persona, porque por lo general soy bastante Radiohead para mis cosas. Pero gozaba las endorfinas y cruzaba el gran y hermoso parque de los Meadows en camino a la casa de mi amiga Clara.
Me había puesto a pensar qué le diría a la gente si les dijese lo primero que me pasa por la cabeza. Dado mi estado de sopor endocrinal y felicidad inducida por la actividad física, pensaba en decirles cosas positivas. Como por ejemplo, al tipo que caminaba rápido y con pasos certeros: "Señor, usted da pasos muy largos, me parece muy bien, siga así" Evidentemente con mi metro sesenta yo jamás habría podido seguirle el paso pero se veía muy seguro en su actividad. Luego de él seguí tal vez sonriendo como "caminante no hay camino, se hace camino al andar" aunque yo seguía un camino bien delimitado y tenía bien claro donde iba, pero había un aire hippie en todo lo que hacía, dada la suspensión de mi actitud crítica permanente. Iba como aceptando la realidad y sonriéndole.
En un momento de la caminata, a un par de metros de donde salgo del camino delimitado y cruzo una calle para volver a la urbe de Edimburgo, se me acerca un niño, de unos once años (soy pésima con la edad de los críos, pero según yo tenía once) y me dice "Disculpe", el niño usaba frenos, era bien moreno e iba junto a un montón de mocosos de su edad, vistiendo uniforme escolar. "Sí", le respondí. "¿Puedes darme un abrazo?" pregunta el mocito. Yo, entre que estaba drogada de gimnasio y ante la extrañeza le dije, "Perdón, ¿qué?". El niño insiste: "¿Puedes darme un abrazo?, tú sabes! y gesticula un abrazo en el aire. Le dije que sí, claro. Así que me acerqué a abrazarlo por unos 5 segundos. Me aseguré que fuese un abrazo de verdad, bien apretado. Las niñitas que se encontraban por ahí hacian sonidos alusivos a lo tierno del escenario y decían: "ohh, que lindo". Dejé de abrazarlo y continué mi camino, con una nueva sonrisa. Con una nueva historia para mi anecdotario.
Pienso, más racionalmente, que los chicos estaban jugando "verdad o traversura" y que este pequeño desafió al grupo a que conseguía un abrazo al azar. Y azarosamente fue conmigo, que tengo un historial de azarosidades (no sé si existe esa palabra, sino la he inventado) y quizás todo se debió a la inyección de endorfinas de la clase de Hydrospin.
Pasa por la comisión y se timbra como historia válida del anecdotario personal, folio 2016. Chao.
Vibro con tu historia, desde mi cube, acá lejos <3
ReplyDeleteGracias querida :) un abrazote.
DeleteNO LO PUEDO CREEEEEEEEEEER . (CREEEEEEEEEEERRRSSSSHHHH)
ReplyDeleteJajajaja!!! Yo tampoco!!! Saludos :) un abrazo
Deleteque bacán la historia! Aunque sea por apuestas qué rico que alguien, aunque sea un pequeñín con frenillos, te pida un abrazo en este país donde te dicen sorry hasta por casi-quizás-tocarte-sin querer
ReplyDeleteSí, me sentí bakán y no había más que abrazarlo, claramente. Fue un lindo momento. Saludos querida.
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