Era un tipo de unos cuarenta y tantos, más cerca de los cincuenta. Tenía buen lejos. Corpulento, de barba, se movía como que era el dueño del lugar. Oteaba alrededor. Andaba de caza. Caminaba hacia el bar y aprovechaba de mirar a diestra y siniestra. A ver si alguien caía en su trampa. En ese momento se encontró conmigo.
Como tenía buen lejos, no se sabía bien qué tal era de cerca. Cuando se acercó, las líneas de la vida se le marcaban en el rostro. Era un tipo alto y moreno. Se me hacía su cara conocida. Se acerca a nosotras y nos pregunta si éramos españolas. Mi amiga dice que es portuguesa y así, una a una le responde de donde provenía. Tenía un acento extraño, difícil de entender entre los roncola y la música estridente de ese lugar con un nombre impronunciable--como casi todo en Escocia. Dijo que era danés y que había venido de caza. "A cazar mujeres, a cazar mujeres, a cazar mujeres" decían nuestros cerebros. Y pues no. Venía a cazar ciervos. Lo decía con total naturalidad. En ese momento monto en cólera:
- ¿Por qué alguien haría eso?
- Es parte del balance, si no se cazan hay sobre-población o ellos se mueren por una cosa...
(mientras explicaba me lo imaginaba vestido de camuflaje matando a Bambi, supongo lo odié demasiado).
- O sea, esto es un deporte para ti.
(me dieron ganas de decirle: matas por placer, mal nacido, qué te han hecho los ciervos)
- Sí, y lo hago en Dinamarca también.
Luego de un rato, necesitaba otro trago. Al volver con otro Bacardi cola, el tipo seguía allí pegado en la mesa, conversando con una amiga. Luego dirige su mirada asesina, así como apuntándome con el láser en la sien:
- ¿Todas las mujeres chilenas son como tú?
- ¿Cómo yo qué? -- Evidentemente yo intuía sus intenciones, pero tenía la obligación de hacerme la tonta.
- Así tan directas... -- Y me dio la temida mirada, ustedes niñas saben a cuál me refiero. La mirada de sexo.
- No lo sé, tal vez sí, tal vez no.
Luego de eso evité mirarlo hasta que se aburrió y nos dejó.
Al rato lo encontré merodeando a una niña de aspecto caucásico, lo contrario a mí, y pensé que era lo mejor. El tipo me ve bailando. Yo no me di cuenta en ese entonces. En un momento me toma desde atrás y me lleva hacia un lugar oscuro.
- Yo siempre vengo listo para la caza.
Saca un tremendo cuchillo desde dentro de su pantalón. El tipo se vestía bien. Los guardias nunca hubiesen preguntado nada ni osado palpar su bolsillo al entrar al local.
Abro los ojos. No entendía nada. No sentía nada.
Cerré los ojos un rato. Los abrí para enfocar la mirada. Estaba yo desde una altura inusual. Cuando pude ver bien, estaba en una habitación blanca y amplia. Abajo, como mirando hacia mí, había un sillón elegante, tapizado en terciopelo color merlot. Y allí el danés sentado se reía y me miraba, y se carcajeaba cada vez más intensamente. Yo no entendía donde estaba.
Cuando pude mirar mejor, me di cuenta que no podía torcer el cuello. No sentía mi cuerpo tampoco. Pero podía mirar hacia los lados un poco, hacia arriba y hacia abajo y allí las vi. Debajo de mí estaban todas las cabezas. Todas de mujer. El muy hijo de puta nunca cazó venados, nos tenía a cada una en su pared, con el país de origen en una placa dorada situada abajo del trozo de madera en que se empotraban nuestros cascos y pescuezos. Me di cuenta cuando, riéndose, trajo un espejo tremendo y gozó mostrándome sus trofeos.
Al rato se fue y me quedé sola con mi cuello, y mi lámina que decía Chile.
- ¿Hay alguien allí?
Estuve preguntando por más de media hora. Seguí esperando. Las mujeres poco a poco comenzaron a reaccionar. Algunas no hablaban desde hace años. Otras no entendían lo que pasaba. Todas sabíamos del danés. A todas nos abordó casi de la misma forma. Había que hacer algo.
Sabíamos que en una habitación contigua el danés guardaba las cazas de sus antepasados y había tigres, leones y osos. Empezamos a gritar y hacer ruidos con nuestras bocas. Se sentía un temblor. Los animales se encontraban al otro lado de la pared. La pared se movía y comenzamos a escuchar sus rugidos, cada vez más cerca. Casi como si tuvieran sus garras, las paredes cedieron y nos engulleron a todas. A todas. Ninguna de las cabezas quedó intacta.
Perdió el trabajo de una vida. Los animales tenían hambre, y él, cara de castor.
No comments:
Post a Comment